El bueno, el malo y la Sociedad General de Autores
25 mayo 2009
"La demonización de la SGAE es un ejercicio de empobrecimiento de la solidaridad social en este país", señala en un artículo de oponión el empresario Chris González en el Diario de Ibiza:
"En estos tiempos mediáticos, el mundo, más que nunca, necesita sus héroes y villanos. En países del Tercer Mundo, el villano a menudo es el gobernante corrupto que añade a su repertorio el etnocidio, torturas y otros terribles crímenes contra la Humanidad. En España, sociedad democrática algo más relajada, nuestros villanos son a menudo entidades administrativas que no nos permiten la absoluta libertad que nuestra alma de marinero (como cantara Serrat) nos exige.
Hace unos días, Diario de Ibiza se hacía eco del descontento, aparentemente universal, contra el canon de la Sociedad General de Autores (SGAE). En esta ocasión, fue en el contexto de una actuación benéfica de un triunfito en Santa Eulalia. Parece ser que el rechazo se generó a partir de la firmeza de la SGAE en cobrar su canon habitual a pesar del carácter benéfico del evento.
Como empresario, el canon me irrita a menudo. De hecho, tan periódicamente como las liquidaciones que pago. Sin embargo, siendo además programador habitual de conciertos, mi vida se ha visto enriquecida por el contacto con la creatividad de la población musical residente y algunos foráneos, y empobrecida por la visión dantesca de la falta absoluta de solidaridad básica que se ofrece a los músicos de este país en general. El canon de la SGAE no es un dinero apropiado para una entidad de fines poco claros, no es un impuesto revolucionario, ni siquiera un impuesto. No está concebido con el fin de hundir negocios de hostelería ni de desequilibrar las balanzas de los promotores.
En la enorme mayoría –si no en todos– los negocios hosteleros de la isla, disfrutamos de los servicios de alimentación y bebidas con telón de fondo acústico de música elegida para la ocasión. En el caso de las salas de fiestas, la música pasa a ser la oferta principal, y por ello se cobra una entrada. En definitiva, la utilización de la obra de músicos-compositores genera riqueza a los establecimientos hosteleros como parte del producto en oferta. Sin embargo, la creación de la obra ofrece una ecuación algo menos clara a los que participan en ella. Tras comprar el instrumento (normalmente carísimo), el músico debe estudiar y practicar varias horas al día (no pagadas) durante años con el fin de alcanzar el nivel imprescindible para crear un producto que sea del gusto de un número suficiente de público que le permita entrar en los circuitos comerciales de grabación y/o conciertos. Logrado el interés de una discográfica (empresas que absorbe la mayor parte de los beneficios), se publica la obra, pero sólo se vende en cantidades reducidas debido a la piratería digital en forma de descargas ilegales y top-manta. ¿Conciertos? Menos cada día, en parte por la sustitución del músico por los djs y en parte por la desaparición de salas.
Administrativamente, el músico no tiene convenio, si no pertenece al epígrafe de «artistas toreros». Es autónomo (no tiene subsidio de desempleo). No tiene contrato fijo, ni fijodiscontinuo y sus sindicatos son pequeñas plataformas con poca capacidad de resolución. El canon de la SGAE, salvo aproximadamente un 16% que se destina a costes de gestión, vuelve al autor de los temas ejecutados. Si bien es cierto que existe polémica sobre el reparto interior entre los socios-autores, los costes de gestión están dedicados a pagar los sueldos de los administrativos de la Sociedad, además de mantener las sedes y expandir obras sociales dedicadas a los socios, como el recién introducido seguro de viaje gratuito para giras, estudios de grabación a la disposición de los socios, etc. Si restamos el apoyo al creador que supone este canon, quizás no acabemos de forma definitiva con los autores, pero supondrá otro giro a la tuerca de inseguridad del mundo musical. Progresivamente, dedicarse a esta profesión se irá haciendo menos y menos viable. Y el contenido musical se irá haciendo más y más escaso.
En el caso del señor Tenorio, mi desconocimiento de su repertorio sugiere dos reflexiones: en caso de que los temas cantados (que es por lo que la SGAE cobra, no por la actuación) sean ajenos, no es ético que su voluntad de ofrecer una actuación gratuita se imponga sobre los derechosde los autores de las piezas. Esa decisión es patrimonio exclusivo del propietario de la obra. Por otra parte, si son temas propios, es tan fácil como entregar un talón a la entidad de beneficencia por valor de lo que cobre cuando la SGAE le haga la liquidación semestral.
La demonización de la SGAE es un ejercicio de empobrecimiento de la solidaridad social en este país. Aplaudamos mejor la heroicidad de los artistas y autores por el frecuente gesto de ofrecer su arte al servicio de las buenas causas. E independientemente de las muchas polémicas, nacidas a menudo de la incomprensión, aplaudamos a la SGAE por trabajar sin cejar en defensa de los creadores que hacen que nuestra vida y negocios tengan más color